sábado, 5 de abril de 2008


Katya Miranda, nueve años de impunidad

En la madrugada del 4 de abril de 1999, una niña fue sacada del seno familiar, de un rancho en la Playa Los Blancos, en el departamento de La Paz, quien, tras ser violada fue asesinada, se trata de Katya Miranda.

En un principio, relató la madre, en entrevista a este rotativo, le informaron que la pequeña se había ahogado, no obstante, posteriormente se supo que Katya había sido violada y asesinada. Desde ese momento, la madre, Hilda Jiménez inició toda una lucha para que se hiciera justicia.

En un primer momento, el ingente esfuerzo de Hilda hizo posible la captura de los primeros sospechosos: el padre y el abuelo de la niña, quienes fueron absueltos por el juez respectivo, y desde entonces, el caso cayó en el olvido judicial y fiscal, pero no en la esperanza de justicia de Hilda Jiménez.

El trabajo de la señora Jiménez ha hecho posible que el caso de Katya, no solamente sea emblemático en cuanto a la impunidad salvadoreña, sino de otro tema tan real y preocupante: el peligro que acecha a la niñez salvadoreña.

Pero, el tema no solo ha calado en diversos sectores de la sociedad salvadoreña, cuyas voces se han unido a favor de que se haga justicia, sino que ha trascendido nuestras fronteras. Estos dos aspectos, deja abierta una pequeña esperanza, de que al final se haga justicia.

Y este año es clave para que se haga justicia en el caso de Katya Miranda, pues, si llega a cumplirse los diez años, el caso fenecería judicialmente.

Con el apoyo del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad José Simeón Cañas (IDHUCA), Hilda Jiménez, madre de Katya, inicia otro esfuerzo: la creación de una Comisión Internacional de Investigación Multidisciplinaria, que se encargue de investigar la violación y el asesinato de Katya Miranda.

Al mismo tiempo, se impulsará toda una campaña para recolectar firmas de la sociedad salvadoreña, para que se reabra el caso. Es decir, este 2008, el asesinato de Katya Miranda pondrá a prueba definitiva la efectividad o la impunidad de la justicia salvadoreña.
A tres años del sacrificio, aún impune de Katya

¿Sabes algo princesa Katy?

Un día después de dejarte en el sepulcro, de donde no hubiera querido irme nunca, amada mía, Dios hizo algo realmente maravilloso. Me permitió verte platicando con Él, muy sonriente. Iban caminando sobre la arena. Tú llevabas la calzoneta roja con puntos negros, con la que te dejé ese sábado 3 de abril, cuando tu papá no te permitió irte conmigo a la Vigilia de Pentecostés. Te volviste y me sonreíste como diciéndome: "No se preocupe mamita, sólo mire con quien voy. ¡Con nuestro amadísimo Jesús!".

Han pasado tres años, mi princesita. Ya tienes 12 años. El señor que pintó tu retrato, donde estás con tu uniforme y con esa carita de ángel que le dio la vuelta al mundo por su tragedia, te dejó realmente PRECIOSA. Tal y como eres y debes estar hoy. La misma fotografía, pintada a mano y con un rostro de inmensa paz y alegría, con ese rostro que me dice y recuerda donde te encuentras hoy: con Jesús, cantando para Él, glorificándole y con la certeza que estarás allí por toda la eternidad.

Nuestra Madre María y Jesús, conocen el fondo de mi alma porque nunca podré engañarles. Nadie puede tomarme una fotografía y reflejar cuanto dolor hay en mi alma. El dolor del alma, no queda plasmado en un papel. Tú me conoces; tú sabes que estoy sufriendo terriblemente. Porque ellos no sólo me quitaron el derecho a cuidarte, amarte, mirarte, contemplarte y verte crecer, sino que me quitaron también el derecho de poder ir a ese jardín donde descansas. No puedo ir a platicarte, llevarte flores y pedirte -con voz fuerte, hasta poder llegar a ti- fe y fortaleza para seguir adelante. No puedo llegar a ti amada mía. No puedo contemplar nunca más tu rostro, tus brazos, tus manos, tus piernas, tus pies, tu pelo… En fin, amada, no puedo verte más ni escuchar tu voz, diciéndome: "MAMI".

Los que tuvieron la cobardía de hacerte todo ese daño que mi mente desea borrar para siempre de mis pensamientos, caminan de aquí para allá, tranquilos. Siguen trabajando, incluso, con grados más altos; siguen haciendo su vida como si nada pasó, pensando que nunca hicieron nada. Creyéndose, los infelices, que son inocentes. PERO LA VOZ DE SUS CONCIENCIAS, NUNCA LA PODRÁN CALLAR NI TAMPOCO ENGAÑAR. Te extraño, te amo y te prometo, princesa mía, que mientras vivamos tu amada hermanita Gina Marcela y yo, jamás seremos cómplices ni permitiremos que una niña o un niño esté siendo abusado. Ten la completa seguridad, mi amor, de que tu muerte no será en vano. Que tu sacrificio, algún día será reconocido, y miles y miles de niñas y niños gritarán y denunciarán a las bestias abusadoras. En cada hogar, en cada casa, serás recordada y reconocida por tu valentía. DISTE TU VIDA, PARA SALVAR A TODAS LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS, A QUIENES AMA JESÚS. Y EL DIVINO NIÑO JESÚS, NO PERMITIRÁ QUE SIGAN HABIENDO MÁS MÁRTIRES.

EL PUEBLO DE EL SALVADOR TE AMA Y TE LO AGRADECE.

Katy, sigues en nuestras mentes, almas y corazones como siguen todos nuestros amados mártires que dieron sus vidas por los demás, luchando por la gente indefensa, la menos privilegiada, la que nunca tuvo justicia. Dios nos permita Katyta hacerte justicia algún día y, de esa forma, poder hacerle JUSTICIA a todas las personas que un día fueron dañadas y atropelladas en sus derechos como seres humanos. Dios nos guiará, iluminará y nos permitirá saber la verdad. Solamente pide que confiemos en Él; que nos dé paciencia para dejar QUE SEA ÉL QUIEN ACTÚE, PARA GLORIFICARLE ETERNAMENTE.

Yo, Hilda María Jiménez Molina, mami de Katy, les ruego a todos los hombres, las mujeres, los niños y las niñas de El Salvador o de cualquier nacionalidad, que vayan a Jardines del Recuerdo y busquen el Jardín "El Paraíso". Allí se encuentran mi abuelita, mi madre -Hilda Molina de Jiménez- y mi tesoro KATYA NATALIA. No les pido que le lleven flores. Solamente visiten a mi hija y, por favor, les ruego que en sus mentes o en voz alta le digan que cuide de sus hijos e hijas, que les proteja de todo mal, de todo peligro y que no permita que gente mala y con deseos impuros se les acerque. Estoy segura que Katy escuchará sus ruegos, porque siendo una niña pura e inocente, estoy convencida que ESTÁ MUY CERCA DE JESÚS.

LES AMA FRATERNALMENTE,


Hilda María Jiménez Molina

Jueves 4 de abril del 2002.

Relato del caso

El sábado 3 de abril de 1999, Katya Natalia y Gina Marcela -hermanas de nueve y siete años, respectivamente- llegaron al rancho en la playa propiedad de su abuelo paterno, en compañía de su padre y otros familiares. La madre de las niñas, Hilda María Jiménez, llegó después y se retiró al final de la tarde pues se había comprometido con su comunidad a participar en actividades religiosas propias de la Semana Santa. Como no era su intención quedarse a dormir en el rancho, Katya Natalia y Gina Marcela sólo llevaban ropa para un día. Así, la madre manifestó su deseo de llevárselas con ella; pero el padre de las menores, Edwin Miranda, le dijo que se quedarían con él esa noche en la playa. Tras una leve discusión, Hilda María accedió.

Lo que parecía ser un paseo normal, se transformó dramáticamente. En la madrugada del domingo 4 de abril, Katya Natalia fue violada y asesinada. Su pequeño cuerpo apareció a unos metros del rancho ubicado en Los Blancos, departamento de La Paz.

Al momento de ocurrir los hechos, eran casi 20 personas las que se encontraban en el lugar entre familiares y empleados del abuelo de Katya. Había gente con formación militar, policial y jurídica. El padre de la víctima, capitán de la Fuerza Armada de El Salvador, era Jefe de Logística del Estado Mayor encargado de la seguridad del Presidente de la República. Un tío de Katya Natalia, capitán retirado y alto oficial de la Policía Nacional Civil, era el segundo jefe de la División de Investigación Criminal de dicha institución. Otro tío que se encontraba en el lugar, también era capitán en activo.

Según el abuelo de Katya Natalia, nadie se enteró de lo ocurrido. El padre sostuvo que estaba durmiendo entre sus dos hijas en una pequeña “tienda de campaña” y también afirma que no se dio cuenta cuando sacaron a la niña de su costado. Todos los adultos dicen que los “sedaron”. Pero las contradicciones y los vacíos son tantos…Torpeza en el manejo de la escena del crimen, pasividad en las investigaciones y manipulación de las pruebas encontradas, son sólo algunos ejemplos de todo lo que se hizo para que los responsables del brutal hecho quedaran en la impunidad.

Debido a la poca diligencia oficial en el esclarecimiento del caso, Hilda María Jiménez fue la única que exigió incansablemente justicia. Ella siempre sostuvo con insistencia que su hija sólo pudo levantarse con su padre o abuelo, pues era muy tímida y tenía muchos temores.

Como resultado de la lucha de esa madre y la presión social, cuatro personas fueron detenidas en enero del 2000: el padre de Katya, acusado por el delito de abandono y desamparo en la niña; su abuelo, por el delito de violación en menor y homicidio agravado; y dos empleados que “dormían” junto a la entrada del rancho, por el delito de encubrimiento.

En los tribunales Hilda María encontró nuevas trabas en su esfuerzo por dar con el o los autores del asesinato de su hija. Tanto así que la Jueza de Instrucción encargada del caso, debido a su actitud mostrada durante el proceso, fue amonestada por la Corte Suprema de Justicia. Esta funcionaria no valoró en su debida medida los aportes que se le presentaron para el esclarecimiento del caso, desperdiciando posibles vías de investigación. Tampoco valoró la evidente actitud de encubrimiento, llegando hasta el posible fraude procesal por parte de algunos de los presentes en la escena del crimen cuando éste ocurrió. Además, trató mal a la víctima en repetidas ocasiones.

El 10 de octubre del 2000, la Jueza otorgó el sobreseimiento definitivo al padre de Katya. Los tres acusados restantes fueron sobreseidos de forma provisional, a la espera de nuevas evidencias. En octubre de 2001, el sobreseimiento provisional pasó a ser definitivo porque esas “nuevas evidencias” nunca aparecieron, debido a que la Fiscalía General de la República no investigó más.

A casi más tres años de la muerte de Katya, la sociedad salvadoreña mantiene viva su indignación por este caso y recuerda a una madre ejemplar que luchó contra todos los obstáculos por buscar justicia. Ella puso a prueba, una vez más, nuestras débiles instituciones y reveló su ineficacia. En este caso se juntaron el encubrimiento, un presunto fraude procesal y la manipulación de pruebas para favorecer a los victimarios y dañar más a las víctimas. Pero, también, el caso generó un amplio repudio de la sociedad y convocó a la solidaridad activa para respaldar la persistente denuncia pública de esa valiente mujer. Este es uno de los casos que más cobertura a recibido por parte de los medios de comunicación y sobre el cual, sin duda, se ha opinado en cada rincón del país.

Hilda María Jiménez junto a Gina Marcela, la hija sobreviviente, tuvieron que abandonar el territorio nacional, temiendo por su seguridad. Mientras, Katya Natalia todavía espera que se le haga justicia.

Cartas de Hilda María Jiménez (Madre de Katya)

¡Justicia para Katya!

Katya, una linda niña de cuerpo y alma, sencilla, humilde, agradecida, cariñosa e inteligente. Esto y mucho más era mi amada hijita.

Katya, mi niña de apenas 9 años de edad, quien recién los había cumplido un sábado 13 de marzo de 1999. Ella fue violada y asesinada en la madrugada del domingo 4 de abril de 1999. En esa trágica ocasión, Katya estaba en compañía de su papá, Capitán Edwin Antonio Miranda Méndez, Jefe del Departamento de Logística del Estado Mayor Presidencial; su hermanita, Gina Marcela Miranda Jiménez; sus abuelos, Abogado Carlos Miranda González y Rosa Natalia de Miranda; sus tíos: Subcomisionado Godofredo Adalberto Miranda, quien se desempeñaba como Segundo Jefe de la División de Investigación Criminal (DIC) de la Policía Nacional Civil (PNC), Capitán Jorge Alberto Miranda de alta en la Fuerza Armada de El Salvador, Doris de Miranda, Yanira Miranda de Recinos, Tito Livio Recinos, Rebeca de Miranda; 5 niños menores de edad; y los empleados Luis Alonso López y Francisco Rosales, ambos trabajadores fieles de Carlos Miranda González.

Nadie, absolutamente nadie se pudo dar cuenta, ni escuchó, ni vio algo que le pareciera extraño y peligroso para alguna de las personas que allí se encontraban. Es absurdo y totalmente extraño que bajo el cuidado de gente capacitada en uso de armas de fuego, entrenados y sobrevivientes de una guerra tan intensa y difícil como la que sufrimos todas y todos los salvadoreños, hayan sido dormidos, sedados y burlados por alguien. Tendría que haber sido demasiado hábil y capacitado como para introducirse y dirigirse sin equivocación alguna, exactamente dentro de una mini tienda de campaña y casi atropellando al Capitán Edwin Miranda, para sacar tan sencillamente a Katya, como si mi hija -que medía casi un metro 40 centímetros- tuviese el peso de una pluma y no casi las 90 libras. Es imposible que su papá, quien se encontraba junto a ella, y sus abuelos que se encontraban a escasos 2 metros de distancia, al igual que el Capitán Jorge Miranda y Rebeca de Miranda, y todas las demás personas que allí se encontraban, no se hayan dado cuenta que mi amada Katya fue extraída, cargada, golpeada, abusada sexualmente (violada) con toda la crueldad existente y por último asfixiada. Nadie escuchó un grito de terror y de dolor, nadie se preocupó por protegerla y auxiliarla estando la mayoría armada y siendo todos responsables de velar por la vida y seguridad de todos los niños que allí se encontraban. Pudieron haber matado a mis dos hijas puesto que Gina Marcela al igual que Katya, se encontraba en la tienda de campaña con su padre, según su versión, quien le daba seguridad al Señor Presidente de La República de El Salvador y quien anduvo con el Servicio Secreto de Los Estados Unidos en la recién venida del Sr. Presidente Bill Clinton, en marzo de 1999

Me parece increíble que casos como el asesinato y violación de mi Katya siga, a casi 14 meses (4 de junio de 2000), sin resolverse. Porque se han destruido, alterado y ocultado pruebas que podrían haber incriminada aún más a los cuatro imputados (el papá de Katya, su abuelo y sus dos empleados), quienes están protegiéndose unos a otros y a la vez cayendo en miles de contradicciones. Todo ello es posible en El Salvador, porque la impunidad sigue imponiéndose sobre la base de un sistema judicial corrupto e ineficiente.

Espero que Dios Todopoderoso ilumine a la Señora Jueza para que cumpla con su deber: hacer prevalecer la Justicia. Una Justicia que sólo los más privilegiados de este pobre país, donde nos tocó nacer, puedan aspirar; y los menos privilegiados, tenemos que luchar duramente aunque nuestro corazón se desgarre y esté completamente ensangrentado. Debemos levantarnos, ponernos de pie y prácticamente olvidarnos del miedo a ser asesinados por nuestro deseo de pedir, a gritos y con todo el derecho del mundo, ¡Justicia!

Enfrentarnos a un sistema cerrado donde cuando no conviene escuchar no se escucha, donde existe un temor horrible a ser involucrados completamente porque eso puede provocar que se saquen a luz sus mismas corrupciones, donde el delincuente y el asesino con algún poder siguen teniendo privilegios, donde se ha olvidado por completo uno de los Diez Mandamientos: “No matar”.

¿Acaso en nuestro El Salvador desean que el pueblo tome la justicia por sus manos? ¿O quizá deseen regresar al tiempo del régimen militar?

Yo como madre de Katya, quien le dio con sacrificios no soldados a la Patria pero sí 2 niñas que serían brillantes, honradas y justas en sus profesiones escogidas por ellas mismas. Me entristezco profundamente de saber que la misma familia no me las cuidó; me horrorizo al pensar que pudieron haberme matado a mis dos amores, a mis pequeñas con las que me sentía realizada como madre y -aunque no tengo una carrera universitaria- me enorgullecía saberme buena y protectora mamá.

La vida a veces nos pega tan fuerte que nos hace dar vuelta. No puedo quedarme cruzada de brazos sin hacer nada para encontrar al o los asesinos de mi “bebé grande”, como yo la llamaba. Katya no les debía nada, ni una tan sola mala mirada, expresión o malcriadeza. Nada que la llevara a morir de esa forma tan terrible. Katya solamente quería ser buena hija, hermana, sobrina, nieta y amiga. Quería ser astronauta y darme la inmensa alegría de verla graduarse. Si algo se debía era por parte de nosotros los adultos y no de Katya. Nos arruinaron la vida completamente; ésta jamás será la misma para todos los que la conocimos. No pasa un segundo sin que la recuerde, sin extrañarla y querer tocarla, besarla, bañarla, peinarla, decirle que la amo, mirarla, escucharla…

Me mataron a mi niña y El Salvador o mejor dicho el Órgano Judicial, parece que no piensa llevar a la cárcel a los asesinos. Lucho por todos esos niños y niñas que aún siguen siendo objeto de abusos y maltratos, sin encontrar apoyo y ayuda en nosotros los adultos, en la gente “grande” que se supone tiene que atenderles y protegerles. Lucho por esos jóvenes y mujeres u hombres que fueron abusados en su infancia y jamás se atrevieron a decírselo a nadie, porque les hicieron creer que ellos eran los sucios y culpables, los malos, provocadores y mentirosos, y no los adultos.

Quiero confiar en mi país, quiero confiar en la justicia salvadoreña, quiero que la gente se anime a denunciar y a luchar -“Dios provee”-; quiero que las y los salvadoreños confiemos en que si se nos violan nuestros derechos, se castigará con todo el peso de la Ley a los responsables. Confío en Dios Todopoderoso, tengo fe y estoy plenamente convencida de detestar el maltrato infantil. Dios hace justicia pero pide con autoridad que también se haga justicia y cumplamos con las leyes aquí en la tierra.

Si mi caso o el caso Katya -como le llaman- queda en la impunidad, causará inmensa tristeza, indignación, repudio y desconfianza en todo nuestro país. Pero el mundo entero sabrá que El Salvador está harto de vivir en la impunidad. Le ruego a Dios no se origine un verdadero caos y vuelva a repetirse nuestra amarga historia, una guerra a la que no deseamos regresar.

Hilda María Jiménez Molina, junio del 2000.